El gató mallorquín es, posiblemente, la máxima expresión de lo que la almendra significa para nuestra isla. A diferencia de otros bizcochos de la repostería europea, el gató no utiliza harina ni grasas añadidas como la mantequilla o el aceite; su estructura y su humedad dependen exclusivamente de la calidad del fruto y del dominio de la técnica del batido. En Ca’n Joan de s’Aigo, mantenemos fielmente el proceso que permite obtener esa textura densa pero esponjosa, un saber hacer que nace de la sencillez y el respeto absoluto a la materia prima.
La base de todo el proceso reside en la almendra mallorquina, que debe estar finamente molida pero conservando sus aceites naturales. Al no llevar harina, es el propio fruto el que aporta la entidad al bizcocho. En nuestro obrador, el secreto empieza con la selección de la almendra, que se mezcla con azúcar y aromas naturales —generalmente ralladura de limón y un toque de canela— para crear una base aromática que define el carácter de este dulce tradicional.
El secreto del batido: el aire como único levante
Una de las técnicas más críticas en la elaboración del gató es el manejo de los huevos. Al ser una receta libre de impulsores químicos o levaduras, la esponjosidad se consigue mediante el batido mecánico. El proceso se divide en dos fases fundamentales que requieren precisión y paciencia:
- El blanqueado de las yemas: Se baten las yemas con el azúcar hasta conseguir una mezcla pálida y cremosa que haya doblado su volumen.
- El punto de nieve: Las claras se baten por separado hasta alcanzar una consistencia firme. Este es el «aire» que permitirá que el gató suba en el horno.
- La integración envolvente: Este es el paso donde se demuestra el oficio. La almendra molida y las claras a punto de nieve se incorporan a la base de yemas con movimientos suaves y circulares. El objetivo es mezclar los ingredientes sin romper las burbujas de aire, asegurando que el bizcocho mantenga su ligereza característica.
El horneado y el ritual del servicio
El paso por el horno es el momento donde se consolida la textura del gató. Requiere una temperatura constante y moderada, permitiendo que el calor penetre lentamente en la masa de almendra sin quemar la superficie. Un gató bien horneado presenta una costra fina y ligeramente tostada, mientras que el corazón permanece húmedo y tierno. Una vez frío, se espolvorea con azúcar glas, siguiendo la estética sobria que siempre ha caracterizado a los mostradores de Can Sanç, Baró de Santa Maria del Sepulcre y Sindicat.
Para disfrutarlo como un auténtico palmesano, el consejo de servicio es infalible: el maridaje con helado de almendra. Esta combinación, conocida localmente como «gató amb gelat», crea un juego de temperaturas y texturas donde el frío del helado artesano resalta la intensidad del fruto seco presente en el bizcocho. Es una experiencia que invita a la pausa en nuestras mesas de mármol, saboreando una técnica que ha sobrevivido al paso del tiempo gracias a la fidelidad por las recetas de siempre.


